Estamos aceleradamente produciendo un nuevo número de Golpes y Patadas, y asimismo material subsidiario para los amigos de HermanoCerdo. Pero mientras ello no ocurre, les brindamos aquí una parte cruda de la necrológica de Horacio Gómez que venimos escribiendo desde hace unos meses. Si compran la revista, o si al menos van al sitio de HermanoCerdo, seguramente puedan entonces ver dentro de un mes qué resulta de todo esto. De lo contrario, deberán conformarse con esta lectura parcial y muy probablemente aberrante.
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Recién, intencionalmente, revisé la agenda de mi teléfono y en la S encontré lo que buscaba. Dice “sensei” y el único que ahí mereció ese honor fue Horacio Gómez. “El usuario no se encuentra disponible o tiene su teléfono celular apagado”, reza la mujer de la compañía telefónica después de que uno digita el número. Un circunloquio que en realidad afirma que ya no está, que el sensei ha muerto y que jamás volverá a responder un llamado. Que aquél que hacía los picos de raiting de “La noche del viernes”, aquél que encendía la euforia en multitudes, aquél que alegraba a los niños como en otros tiempos lo habían hecho los osos y los tigres de bengala en los grandes circos, ya no existe.
Pensando en estas cosas, en la redacción de Golpes y Patadas, o sobre el tatami donde a veces descansa Martin Grunauer entre las clases que imparte, ya no me acuerdo muy bien dónde es que fue pero al fin y al cabo no interesa, Carlos Novoa me confesó tras escucharme que a él le pasa algo parecido cada vez que se cruza con un kamanti. No fue necesario que me explicase por qué.
Hace tiempo, creo que años, cuando Horacio Gómez ya comenzaba a hacer ruido de la mano de Edgardo Kazanovich, el gran conductor televisivo, decidimos en la redacción Martin Grunauer, Vilmo Patiño y yo realizar una producción fotográfica que fuese lo más parecida a una de esas fotonovelas que antes eran tan comunes y que hoy ya no lo son. Pero los planes no salieron todo lo bien que habíamos deseado y hubo que convencer a Novoa, a un ya maduro pero inexperto Novoa, para que continuara con su trabajo tras la tercera o cuarta toma, aquélla donde Horacio Gómez a punto había estado de darle muerte, tras escaparselé de la empuñadura el kamanti, que había salido disparado en línea recta hacia el objetivo de la nikon. La trayectoria de Novoa por aquel tiempo constaba de trabajos en casamientos y fiestas de quince años y realmente se había asustado: desconocía qué peligros debía asumir un reportero gráfico en nuestra revista. Todavía escucho el grito del mismo gran sensei, “¡CUIDADO!”, que permitió que nuestro fotógrafo inclinara la cabeza hacia la izquierda, eludiendo de ese modo el arma blanca que hacia su cámara, y naturalmente hacia él, se dirigía.
—Y hoy sé que me terminé de formar en mi oficio gracias a aquel evento —me ha dicho Novoa–. Y si veo un kamanti, Cozzolino, ya no recuerdo el miedo de aquella vez. En su reemplazo se me activa una nostalgia que no sé cómo sostener. El kamanti que casi me mata es como la prenda de una mujer que uno se guardó a hurtadillas para olerla. Le diría más, es como cualquier prenda de mujer que sirve para evocar a cualquier mujer que uno haya querido. Veo un kamanti y me acuerdo del sensei. No puedo evitarlo. Como cuando como una tortilla a la española con mucha cebolla y me viene mi madre a la cabeza.
Pero no todos los que conocimos al gran sensei samurai padecen la misma debilidad. De hecho, Martin Grunauer, Vilmo Patiño y el último representante del muerto, Zamudio, si bien se muestran dolidos por la ausencia y no han disimulado el llanto cuando éste se les presentó, se han convencido que de haber seguido vivo la vida de Horacio Gómez se hubiese tornado, como vulgarmente se dice, un infierno.
—Y antes que vivir un infierno es preferible estar muerto —me ha comentado uno de estos días necrológicos el primero de los tres.
Sostienen que Horacio Gómez sufría, que no podía ver en el lugar que él había ocupado dentro de “La noche del viernes” a luchadoras en el barro. Y que menos podía soportar la noción de saber que todos sabíamos de los cuernos que la sensual Nadia Yolakian le metía.
—Estaba realmente enamorada de ella —me ha asegurado Zamudio en más de una ocasión, y me consta—, y saber que nosotros sabíamos fue para él como tener presente continuamente su condición, Di-s me perdone, de cornudo.
Sean como hayan sido esos últimos meses y días del gran sensei samurai, creo que en ninguna situación, ni en la más adversa, la muerte debe ser una opción, y sé que escribir estas cosas me hará poner en contra a varios artistas marciales que siguen creyendo en el honor y el bushido y todos esos versos tan pintorescos para Occidente. Yo conocí a Horacio Gómez y les puedo asegurar que por más samurai que se haya creído, jamás se habría practicado un harakiri. Lo he conocido y sé que, a pesar del dolor causado por el alejamiento de la fama y los cuernos de su novia, él quería vivir. Y esa noción es la que indigna. La que me indigna. Zamudio es testigo de lo que digo.
Pocos días antes de ser muerto con la katana de acero toledano, Horacio Gómez ensayaba su primera presentación formal en el niwa de Buenos Aires como miembro del staff permanente. Quería salir del infierno en el que podía seguramente estar sumido, pero no muriendosé, sino haciendo otras cosas, cosas que lo entretuviesen, que lograran quitarle de la cabeza a “La noche del viernes” y a Nadia Yolakian.
Yo hubiese preferido todo eso para él, para así poder llamarlo, por ejemplo ahora, y decirle “che, sensei, vamos a tomar unas cervezas”. Ya es imposible.
Esta entrada fue publicada el Febrero 29, 2008 a las 3:16 am y archivada bajo Necrológicas con etiquetas celulares, delicados, espanto, golpes, patadas, romance, tatami, telefonía, traición. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través del feed RSS 2.0
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