Afirmaciones de un samurai sobre samurais

La columna

del señor Zamudio,

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mitsubishi

“Hablar y hacer son lo mismo”, dijo muchísimo tiempo atrás el filósofo Wan Yang Ming. Y de eso versa el Bushido con sus siete virtudes cardinales: Gi, Yuu, Jin, Rei, Makoto, Meiyo, Chuugi. En cristiano: Rectitud, Coraje, Benevolencia, Respeto, Honestidad, Honor, Lealtad (respectivamente).
Este código moral de los samurais fue desempeñado con maestría en Occidente por el tristemente asesinado Horacio Gómez. En efecto, Gómez, además de haberse enaltecido en el ejercicio de las siete virtudes, buscó continuamente, con diferentes artificios retóricos no carentes de elementos propagandísticos, difundir el espíritu guerrero entre descatastados como asimismo entre empresarios chicos, medianos y grandes. Pruebas nos sobran:

  • los programas de “La noche del viernes”, con sus pequeños prólogos al público del estudio y al del otro lado de la pantalla, piezas preciosas que resumen lo que debe ser una arenga;
  • las películas, donde se lo encuentra siempre acechando al enemigo y preparado no para una larga batalla, sino para el despanzurramiento o la decapitación veloz de su contrincante.

Y las muestras de la veracidad de estas afirmaciones podrían continuar. Mas no lo haré por cuestiones espaciales.

Quiero, sí, detenerme en un solo punto, tratado en uno de los números anteriores de Golpes y Patadas, allí donde el Director de la revista indica que Horacio Gómez llegó a decir en una emisión de “La noche del viernes”, tapándole la boca a su conductor, Edgardo Kazanovich, que los obreros de la Mitsubishi también eran samurais, y que cualquiera podía serlo.
Quiero detenerme en esta afirmación porque hubo algún correo que llegó a nuestra redacción pidiendo precisiones. Como se trata de algo nodal en el modo de entender al bushido por parte del gran sensei samurai, aquí va la explicación:
Sí, señores, en la Mitsubishi trabajan algo así como samurais. No es tan sólo la conocida historia de la compañía fundada por un descendiente de estos guerreros, Iwasaki Yataro, ni tampoco aquella otra que circula por todas partes y que dice que el escudo de la Mitsubishi que hoy vemos en los automóviles es el símbolo heráldico de la familia Yataro. No. Lo que el gran sensei samurai en vida quiso decir es que en la Mitsubishi realmente trabajan samurais, hasta tanto no tengan otra cosa que hacer. Allí pierden (o ganan) sus días, en actitud zen, contemplando sus propias tareas, inclinados sobre la línea de montaje, como Daruma antes de arrancarse los ojos por no poder concentrarse, por pretender el éxtasis de esa misma contemplación.

Finalmente, en la segunda frase del sintagma, donde reza exactamente “cualquiera puede ser samurai” o bien “cualquiera puede serlo”, Gómez no habla desde la esperanza; su arenga no corre en esa dirección: sabe que ninguno de quienes lo atienden podrá ser samurai. Lo que Gómez nos está diciendo es que un samurai puede estar en cualquier parte y ahora mismo observándonos. El llamado, en consecuencia, que Gómez realiza, es a imitar el ejemplo de esos cazadores ocultos, a seguir también nosotros, simples mortales, el bushido, como un acercamiento al Satori.

Ojalá haya quedado claro. Nos vemos en otra nota.

Zamudio (Periodista deportivo. Último representante del sensei Horacio Gómez) 

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