En una tarea que nos excede, pero que asimismo nos vemos obligados a asumir en nuestro compromiso con la Historia, ofrecemos un anticipo de la continuación de nuestra investigación acerca de AFAMBA (Asociación Femenina de Artes Marciales de Buenos Aires). Enemigos de las reiteraciones, no nos detendremos a detallar lo hasta ahora trabajado. Quien tenga interés en ello puede consultarlo directamente en este link.

Los otros
Durante los primeros tiempos de AFAMBA, en la persecución de la belleza y el buen estado físico concebidos por don Alejandro Stradraderlitz y Rodolfo Medrano trabajan duro, parejo y en conjunto los nombrados más los otros miembros fundadores de la Academia: Lautaro Gandúa, Mariano Echevarría, Víctor Lamarqué, Orlando Ortiz y Juan Abelardo Piltzer. Olga Menotti, ahijada y protegida de Mariano Echevarría y a quien antes hemos citado, nos sirve de ejemplo de lo que decimos. A esta mujer no sólo se le cultiva la técnica. Su físico, cuando es traída por su padrino, se presenta esmirriado, carente de formas adecuadas para el paladar de los asociados, lejano de la belleza buscada (Medrano ya ha establecido en un borrador las “Medidas de la Belleza del Cuerpo Fenemino”). Gandúa, Echevarría, Lamarqué, Ortiz, Piltzer y el mismo Straderlitz, conducidos por Medrano, la obligan a engordar unos cinco kilogramos y a ejercitar sus pectorares, glúteos y abdominales. La figura escultural que Olga Menotti exhibe en las fotografías del año 77 a las que hemos accedido en exclusiva son la consecuencia de estos procederes. Hay una serie donde posa desnuda que es una de las máximas expresiones de la época en lo que a erotismo en artes marciales se refiere. En otra, perteneciente a la colección privada de Elena Straderlitz —hija y protegida de Alejandro—, ésta posa junto a otras sesenta y ocho niñas representando el sueño del fundador de la Academia. Valga una aclaración: las sesenta y ocho niñas no pertenecen en su totalidad a AFAMBA; la institución no recluta todavía ese número. ¿Entonces? Según el testimonio dicho a nosotros por Elena, la mayoría de las jóvenes desnudas que allí aparecen son “simples amigas y conocidas”. Volviendo el punto, bueno será decir que las prácticas estéticas aplicadas a Olga Menotti contribuyen con el prestigio del doctor Rodolfo Medrano, quien además se encarga de traer un puñado de pacientes del Hospital Álvarez (1978), de entre cuyas niñas debemos destacar a Marita Luciani, tal vez la belleza más encumbrada de la Asociación.
“Imposible manjar —cuentra Alejandro Straderlitz en su libro editado por cuenta y riesgo, Nuestra Historia, pág. 424—. Se veía la mano de Medrano. Siempre perfumada, el cabello rubio, la sonrisa perlada, los ojos bien celestes, los hombros redondos, un par de pechos llenos de actitud, caderas pequeñas, pubis lampiña, piernas ni muy delgadas ni demasiado fibrosas, las manos y los pies más maravillosos que jamás haya visto; una piel suave, incapaz de comparaciones, húmeda donde lo precisa la humectación física; y la voz increíblemente nítida y aguda: prolija, armónica, ajena a toda carraspera y capaz de emocionar con el más chato comentario climático… Marita, la incalificable Marita Luciani, alteró nuestras carnes no bien la vimos entrenar por primera vez. Nos dijo a todos ‘buenos días’ sin detenerse y todos nos juramos amor eterno hacia ella. Marita Luciani era para y de todos. Nos llevó meses sustraernos de su imagen. La muerte la encontró sola una tarde. El doctor Rodolfo Medrano, con la niña en brazos, dijo: ‘Fue un ataque descontrolado de epilepsia’. Pero yo pensé otra cosa. Que Marita Luciani era extraterrestre, que no merecía este mundo. La sepultamos en el cementerio de la Chacarita y sus padres recibieron nuestro consuelo. Hay noches, lo juro, que sueño con ella. Es la virgen número 71.”
Entre la aparición y muerte de Marita Luciani, sin embargo, concurren otros episodios de mayor relevancia, que delinearán el futuro de la Academia, a saber:
a) El aumento, entre 1978 y 1979, de protegidas (que salvo en el caso de las pacientes de Medrano, son todas familiares de los asociados).
b) La renuncia indeclinable del doctor Rodolfo Medrano a la residencia hospitalaria en el Álvarez, muy a pesar de las lamentaciones fundadas de sus superiores (1978): Se dedicará de lleno a AFAMBA.
c) La sublevación que el médico comienza a realizar junto a protegidas ajenas y propias. Esta sublevación no se dirige directamente hacia Alejandro Straderlitz, aunque Medrano juzgue a éste de poco pragmático; apunta principalmente a sus otros compañeros que, según Medrano, tal como nos lo ha testimoniado Olga Menotti, se exceden con sus merodeos lúbricos, a excepción de uno que es Gandúa. Nos detendremos en ellos por unos párrafos.