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Sólo importa el amor

In chicas sin sostén, Columnas del señor Zamudio on 22 septiembre, 2010 at 7:41 pm

Todo luchador que se precie de valiente debe contar, siguiendo a Aristóteles, con un fin elevado que justifique sus actos. Los golpes y las patadas, en el caso que nos ocupa, son los actos. Ahora bien, ¿cuál ha de ser el fin que ordene los actos? Y aquí, horribles lectores, no hablamos de justificar los medios, sino de hacer de esos medios una parte necesaria del fin. Y agregamos: una parte necesaria y moralmente buena del fin, que ha de ser también moralmente bueno.

Llegamos, antes que nada, a una primera conclusión. Que no vale escupir, ni pegar cabezazos. Llegamos, así también, a la necesidad de un reglamento ordenado a ese fin. Pero otra vez la pregunta: ¿de qué fin es que hablamos?

Están los luchadores que se suben al cuadrilátero por dinero. Lo hacen todo en función del caché y ello incide directamente en el rendimiento frente a su adversario. No nos interesa en la AAK ese tipo de luchadores. Les falta vocación.

Están aquellos otros que, sin desdeñar el dinero que puedan recibir, van en busca de la gloria, de los honores y de las mujeres (o los hombres) que reporta ser el vencedor de un combate. Si bien apreciamos a esta segunda categoría, en algún plano asociada con aquellos luchadores grecorromanos originales y fornidos, tampoco es ésa la búsqueda que en la AAK hacemos para sacar galgos ganadores.

Creemos en el amor. En el amor como fin que ordena los fines. Creemos en los golpes y las patadas que el luchador realiza movido por ese amor a la lucha, lucha que incluye al contrincante. Creemos por ello en el juego limpio y en el amor entre los luchadores, en esa confraternidad que siempre debe existir no sólo bajo el cuadrilátero, sino sobre él y semidesnudos. Creemos también que hay dos especies de enfrentamientos que cautivan al público:

a) Aquel que confronta a un luchador movido por el amor a la lucha contra otro que apenas es incentivado por honores, placeres y/o dinero,

y b) El que tiene a dos amantes de la lucha cara a cara.

Si en el primero caso la cólera de quienes observamos desde las plateas es común, en el segundo caso lo que experimenta el espectador es lisa y llanamente la belleza.

[Tomado del Reglamento de admisión a la AAK. “Hablemos del amor”. Parte 1.]

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